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10/2/1989 . Una mirada al Supremo Dictador por Jorge Abelardo Ramos


o quiso así. Al caudillo oriental, lo acogió en la hora de la derrota. Artigas vivió treinta años en el Paraguay, pero Francia no lo conoció personalmente, pues siempre rehusó hablar con él. En cuanto a Bolívar, sólo respondió negativamente con una carta altiva al ofrecimiento del Libertador de Colombia de establecer relaciones con los pueblos latinoamericanos.
Defendió de este modo a su patria chica de las turbulencias revolucionarias; pero abandonó a la Patria Grande. Un cuarto de siglo después de su muerte, se desencadenaba sobre el aislado y orgulloso Paraguay heredado por los López, una tempestad de hierro y fuego. La historia dirimía la polémica sobre una política nacional fundada sobre una provincia. O las provincias se juntan para la Nación, o las oligarquías regionales y sus amos extranjeros triunfarían sobre cada una de las provincias por separado.
El doctor Vázquez nos introduce en el universo del Supremo Dictador. Veámoslo actuar cada día como jefe supremo, instructor de milicias, componedor de matrimonios desavenidos, juez civil, tribunal inapelable del comercio exterior y director de obras públicas. Todo lo hacía, todo lo veía, lo resolvía todo. Hombre ilustrado y consagrado con una pasión excluyente al servicio público, su desinterés, su ausencia de toda vanidad y su temple eran realmente dignos del gran pueblo que lo sostuvo. Esto acentúa la tragedia que abrumará luego al Paraguay como resultado de la política porteña.
Pero la historia fluye todavía y quizá pueda enseñar a los latinoamericanos que deben borrar para siempre, primero en su conciencia y luego en la realidad, toda frontera interna. Pues reunir las partes sangrantes de una patria dividida será la tarea más trascendental que pueda acometer la generación de nuestra América Latina del siglo XX, para que nuevamente la humanidad pueda recordar las palabras con que Hegel saludó al estallido de la revolución francesa:
"Era pues una espléndida aurora. Todos los seres pensantes celebraron esta nueva época, Una sublime emoción reinaba en aquella época, un entusiasmo del espíritu estremecía el mundo, como si por primera vez se lograse la reconciliación del mundo con la divinidad". En el lenguaje hegeliano la divinidad era la Diosa razón de Robespierre; y para nosotros será la profunda racionalidad que pondrá fin a la prehistoria mítica de una América harapienta donde todos sus héroes, como el doctor Francia, eran siempre héroes derrotados.

(1) V. “Historia de la Nación Latinoamericana”. Edición Peña Lillo, Buenos Aires 1973.
(2) “El Dr. Francia visto por sus contemporáneos”, por José Antonio Vázquez. Edición Eudeba. Buenos Aires, 1973.

JAR


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