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10/2/1989 . Una mirada al Supremo Dictador por Jorge Abelardo Ramos


que sólo podría comerciar mediante la arteria vital del Plata. Asf los intereses porteños expatriaron a San Martín, degollaron a los caudillos del interior, dieron un golpe de Estado e impusieron de presidente a Rivadavia, socio de los inversionistas ingleses.
Esa burguesía voraz, que ya había privado a San Martín en el Perú de los recursos necesarios para completar su campaña de independencia continental, no sólo asfixió al Paraguay, sino que también libró a la soberanía a las provincias del Alto Perú. Con el célebre leguleyo Casimiro Olañeta, doctor dos caras de la antigua Charcas, esas provincias se declararon independientes de las Provincias Unidas de Sudamérica, para tranquilizar a sus propie­tarios de minas e indios del Altiplano, que hasta ese momento vivían enfermos por el temor de verse obligados a trabajar sin beber la sangre de los hijos de Atahualpa. Felices de hacerlo, los blancos (o casi blancos) de Buenos Aires, se desembarazaron de las provincias indígenas, que escaso crédito ofrecían a los paquetísimos porteños a los ojos de Europa y se consagraron a explotar los beneficios del puerto.
En suma, la oligarquía pampeana y sus socios comerciantes de Buenos Aires abandonaron a su suerte a la Banda Oriental, el Alto Perú (hoy Bolivia) y el Paraguay.
Sólo acariciaban contra su reseco corazón la Aduana de Buenos Aires: y se reían del mundo entero.
De este modo es posible explicarse, sin historiadores ingleses ni psiquiatras criollos, la personalidad política del doctor Francia. Una vez que lo encerraron bien encerradito, lo acusaron de ser insociable. Francia Ies pagó en la misma moneda: ¡pero a qué precio! Trazó alrededor del Paraguay una frontera de hierro, en el sentido más literal de la expresión, pues fabricó cañones y los emplazó en los lugares estratégicos. Durante treinta años no dejó ingresar ni salir a nadie de su tierra. A quien entraba al Paraguay le resultaba muy difícil salir; y quien llegaba a salir, era casi imposible que volviera a entrar. El naturalista francés Bonpland anduvo por esos lugares buscando plantitas y especies raras; tuvo la desgracia de pisar suelo paraguayo. El Supremo ya no lo soltó. La Europa entera clamó por su libertad, pero el doctor Francia se mantuvo inflexible. Hasta Bolívar, que de alguna manera era un personaje universal que había vivido en París y era un civilizado, se sintió por un momento seducido a tentar la empresa napoleónica de librar una guerra para librar al sabio. Acarició la demente idea de tomar por asalto el Paraguay. Preva­leció, afortunadamente, el gran político que era, en definitiva, Bolívar. Pero Francia, este hombre duro, no había aparecido al azar en la historia del Paraguay.
Detrás de él estaban los guaraníes, base étnica y cultural del pueblo paraguayo. Y la Compañía de Jesús, que había erigido con las Misiones un obstáculo a los bandeirantes que cazaban indios a fin de venderlos en el Brasil. También los encomenderos dispu­taban a los jesuitas el derecho de reducir guaraníes para explotarlos como esclavos. Cuando las Misiones fueron expulsadas a fines del siglo XVIII, dejaron una tradición de economía agraria sin grandes terratenientes. Este hecho perduró hasta los López. Sólo se estableció la gran propiedad parasitaria en el Paraguay después de la Guerra de la Triple Alianza. En realidad, a Francia y a los López los sostuvo una clase campesina de pequeños productores relativamente prósperos.
El trágico error del doctor Francia fue el de aceptar el terreno elegido por sus adversarios, que eran adversarios de la causa nacional de la América Latina: un Paraguay aislado no podía ser sino víctima propicia de los grandes imperios y de sus Virreyes locales. Defendió la soberanía gallardamente, pero su fatal limita­ción histórica le impidió la única política que podía haber cambiado la historia de su época: unirse a Artigas y a Bolívar para destruir a la burguesía porteña, limeña y bogotana y echar las bases de la Nación Latinoamericana. La historia no l...continua



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