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2/10/1991 . Jorge Abelardo Ramos: reflexiones sobre el derrumbe de la URSS por María Victoria Ramos Gastón


es la tercera. Es fácil comprender, en consecuencia, que los acontecimientos de la Unión Soviética no me toman por sorpresa. Permítame agregar algo importante: la base de crecimiento y acumulación capitalista desde la crisis de1930 hasta la Perestroika, fue la carrera armamentista. Roosvelt salió penosamente de la crisis mediante la conversión del aparato industrial hacia la producción de guerra, primero como arsenal de Inglaterra y luego para sostener sus propios ejércitos en los campos de batalla. Concluida la guerra con su tenebroso saldo de cincuenta millones de muertos, la guerra fría apareció en el horizonte como la formula salvadora para mantener y extender el "complejo militar industrial" que el presidente Eisenhower consideró una amenaza a las decisiones del propio gobierno norteamericano. La famosa "revolución científico-técnica", de la cual han brotado tantas maravillas de la vida moderna, no habría sido posible si en los últimos cincuenta años Estados Unidos no se hubiera convertido en una formidable fortaleza militar. Como auxiliares motores del gran estímulo suscitado por el poderío de la Unión Soviética, Estados Unidos probó sus armas en guerras sangrientas aunque secundarias: en Corea y Vietnam. Hasta hace poco tiempo, el setenta por ciento de los ingenieros norteamericanos trabajaban en fábricas vinculadas a los contratos para la Secretaría de Defensa. Algo espectacular ha ocurrido: el gran enemigo ha desaparecido de la escena. Las guerritas de baja intensidad en las márgenes coloniales del mundo civilizado no han sido ni serán suficientes para mantener en actividad al coloso armado hasta los dientes. ¿Será capaz el capitalismo norteamericano de convertir su sistema productivo de alta eficiencia en una competencia pacifica con sus dos grandes e inesperados adversarios, Japón y Alemania?. Los hechos hablarán por si solos. En lo que a la Unión Soviética se refiere, es indudable que ha desaparecido el control policial, han hecho su aparición todas las fuerzas reaccionarias que, con o sin policía secreta, aspiran a instaurar el capitalismo, despojar a los trabajadores soviéticos de las conquistas sociales y de las ventajas de la economía estatizada (sin la cual, y a pesar del burocratismo stalinista, Rusia y los otros países heredados del zarismo, serían hoy un territorio rural primitivo). Para terminar, de aquella Rusia imperial, analfabeta y bárbara de los Romanoff, poco a nada queda ya. Con un esfuerzo inaudito, el sufrido pueblo soviético ha logrado formar millones de físicos, biólogos, escritores, poetas, ingenieros y astronautas. Son el resultado del sufrimiento de varias generaciones. La burocracia stalinista, mediante Gorbachov, intentó una política de auto regeneración del poder, que aspiraba a controlar desde arriba. Pero la caldera había llegado al límite. El stalinismo ya era incompatible con el desarrollo industrial, científico y cultural de los pueblos soviéticos. La monstruosa herencia ideológica del stalinismo ha privado a los soviéticos de un debate digno de la crisis que atraviesan. Hoy libran su lucha, mas bien sordamente, las dos grandes tendencias que existieron en la URSS desde el comienzo: aquella que procura establecer el capitalismo y otra que procura mantener y purificar la tradición socialista de las primeras jornadas revolucionarias. El tiempo dirá cual de ellas triunfará en definitiva y cuales serán sus jefes, hoy desconocidos. Y el tiempo también permitirá que las nociones de socialismo, comunismo, marxismo y nacionalismo, en todas sus múltiples variantes, sean redefinidas a la luz de la vida real, de la historia concreta, sin gendarmes tutelares, falsificadores de la historia, ni envenenadores públicos.



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