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2/6/1959 . Entrevista a J. A. Ramos sobre la situación política en 1959 por Carlos Strasser


dejó el poder al ala traidora y capitulante de su propio movimiento, esto es a Aramburu, su fiel discípulo y jefe del adoctrinamiento peronista en el Ejército. Aramburu y los demás traicionaron a Perón, pero es bueno no olvidar que eran peronistas hasta el día antes. El peronismo militar se desgarro en una lucha intestina y venció la tendencia cipaya del peronismo. Los Zavala Ortiz y los Ghioldi, los Santander y los Vicchi jamás habrían podido triunfar por sí mismos, pues nada representan.

Los errores personalistas de Perón y la provocación clerical, a la cual respondió Perón con muy poca habilidad, concluyeron por minar su influencia en el Ejército. Pero el factor desencadenante de su derrota es Perón mismo, hastiado y fatigado, que se encontró solo en el momento decisivo. Era el fruto de sus propios errores políticos. Tenía la victoria al alcance de la mano, pero no se atrevió a asumir la responsabilidad de esa victoria, que era de índole política y que envolvía todo un replanteo y profundización de la revolución nacional agonizante. No lo derribaron, sino que se retiró. Por supuesto que el imperialismo inglés desempeñó un papel de primer orden en la campaña de ablandamiento preliminar al estallido. La Argentina no es el único país donde Gran Bretaña y el Vaticano luchan codo a codo. En España lo hacen desde hace treinta años y en Portugal desde hace cuatrocientos.

Perón había comprendido en 1953 que se imponía reorientar la política económica argentina hacia la ruptura con Inglaterra: buscó un acuerdo con los norteamericanos para extraer el petróleo argentino y suprimir la importación de petróleo árabe comercializado por los ingleses a cambio de nuestras carnes. Como la Argentina no necesita petróleo para exportarlo, como Arabia Saudita, sino para consumirlo en su industria, el paralelo de esta política petrolera con la de países coloniales carecía de consistencia, salvo para los Silenzi de Stagni y otros aliados probritánicos. Un gobierno respaldado por el pueblo podía hacer cualquier negociación con el imperialismo, si así convenía a los intereses nacionales. Como era previsible, el imperialismo inglés aprovechó la ocasión para influir con sus agentes ante la Marina argentina, educada secularmente en el culto a los países anglosajones y cuyas instituciones democráticas admiraba sin comprender sus orígenes dictatoriales. La conspiración oligárquica-británica no triunfo en virtud de su propia fuerza, sino por la desintegración del frente de clases encarnado en el peronismo.



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