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14/8/2006 . Una conversación inconclusa con Jorge Abelardo Ramos por Jorge Raventos


Muchos comentadores de pensamiento ingenuamente conspirativo atribuyeron esos votos del FIP a una picardía del Colorado. No se les ocurrió, probablemente, que si había una picardía, podría haber sido de Perón, un conductor lúcido y astuto sin cuya autorización la operación boleta del FIP no habría tenido lugar. Perón, en realidad, no estaba preocupado por ganarle a su amigo y adversario Ricardo Balbín. A quien debía derrotar en votos era a su delegado Héctor Cámpora, que en marzo había cosechado casi un 50 por ciento de los votos y que había sido convertido, más allá de su voluntad, en bandera y escudo de los montoneros, de los que Perón, con buenos motivos, desconfiaba. Y con los que competía por el poder.
Los meses que siguieron fueron duros y vertiginosos. Hacia 1977, nos encontramos en medio de una áspera discusión interna y encerrados en el sótano de la semiclandestinidad de un partido legal pero proscripto como toda la política. Yo partí al exilio. Volví unos años más tarde y nos reencontramos con Ramos cuando él todavía era embajador de Carlos Menem en México. Retomamos entonces la vieja idea de las conversaciones. Yo insistía en que trabajáramos en un libro de memorias. Lamentablemente, la muerte fue más cumplidora que nosotros. Ramos se fue cuando apenas habíamos empezado a esbozar un plan de acción de ese libro. Un libro que no fue.
Ahora –agosto de 2006-, después de haber colaborado en un opúsculo sobre el Colorado y en vísperas de una mudanza, ordenando o desordenando papeles y libros, me encuentro con las páginas que siguen, desgrabaciones de algunas de las conversaciones de la década del 70. Aunque parecen de otro mundo (y son lo que parecen), es preferible que queden publicadas.

-La corriente que terminaría definiéndose como “izquierda nacional” empezó a configurarse antes de la irrupción del peronismo, durante la segunda guerra, ¿no es así?

-Sí, aunque naturalmente la divisoria de aguas fue el peronismo. Pero déjeme decirle, sobre la guerra, que nosotros no fuimos neutralistas en ese momento. Por el contrario, criticamos entonces la posición neutralista que sostenían FORJA, algunos grupos nacionalistas y Liborio Justo, que fue el único que mantuvo una posición neutralista dentro del movimiento. Nosotros la considerábamos una posición “nacionalista burguesa”, característica de la pequeña burguesía de los países dependientes que no se atreven a juzgar el contenido social de la guerra de los colosos y pretenden deslizarse entre la lucha de los pueblos para desarrollar sus propias fuerzas productivas en el camino del capitalismo, para lo cual declaran que no tienen nada que ver con las partes en conflicto y rechazan toda implicación propia con la guerra. Una actitud insular.
Nosotros, los que teníamos veinte años en la época de la guerra, proponíamos, por el contrario una posición activa, un posición intervencionista, en el sentido de que declarábamos, en nuestra perspectiva revolucionaria, que la Argentina no debía intervenir en la guerra imperialista y que el proletariado mundial sí debía hacerlo, volviendo las armas de los ejércitos imperialistas contra sus propios opresores. Es decir: planteábamos una posición anti-intervencionista para la semicolonia argentina e intervencionista para los proletarios da ambos bandos a los que convocábamos a transformar la guerra imperialista en guerra civil. No declarábamos que esa fuera una guerra extraña a nosotros, como lo hacían los neutralistas (Raúl Scalabrini Ortiz, Jauretche), que decían: “los argentinos queremos morir aquí”. Nosotros afirmábamos: “los argentinos no queremos morir en ninguna parte, los argentinos queremos vivir, y queremos que vivan también loa obreros alemanes que están bajo el uniforme nazi”.
Precisamente el carácter repudiable de la política de Stalin consistía, para nosotros, en identificar, fusionar a obreros y campesinos alemanes que estaban bajo al uniforme da Hitler con el propio Hitler, porque al declarar que esa era una guerra patriótica para la Unión Soviética, al disimular el carácter de clase, a escala internacional, qua revestía esa guerra, Stalin no dejaba otro camino al proletariado alemán qua plegarse a su propia burguesía terrorista.
Nuestra posición en aquel momento no era pues una neutralista, defensiva o insular.

- Ustedes describían así, dentro del trotskismo, la posición de Liborio Justo.
- Sí…aunque Liborio merece algo más que unos adjetivos. El era la figura principal del llamado Grupo Obrero Revolucionario. Si Roberto Arlt hubiera observado a Liborio, un personaje totalmente novelesco, lo habría incluido entre sus siete fronterizos. En realidad, nosotros en el GOR éramos ocho: Mateo Fossa, Luis Alberto Murray, un estudiante de Derecho de apellido Abadie, Angel y Adolfo Perelman, Constantino Degliuomini (el hermano de la que más tarde sería importante diputada peronista, Delia Parodi), Liborio y yo. Nos reuníamos en una especie de sótano, un taller de ebanistería que tenía Mateo en la calle Humahuaca y desde allí sacaábamos el periódico La Nueva Internacional, que en verdad salía con la plata de Liborio, una pensioncita que el padre le pasaba a través de la madre, ya que ellos estaban enojados. Liborio era un tipo muy desequilibrado y autoritario.

- ¿De qué año estamos hablando?
- 1939, 1940.

- ¿Ese puñadito de militantes del GOR era todo el trotskismo de la ciudad de Buenos Aires en ese momento?
- No, no. En la misma época existía otro grupo, formado por los discípulos de Héctor Raurich, que era un tipo muy inteligente, un intelectual que nunca había actuado en política o sólo lo había hecho tangencialmente. El discípulo más destacado de Raurich era Antonio Gallo, un periodista, un ...continua



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