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15/2/1999 . Como lo conoció a Hugo Chavez por Gabriel García Marquez


como sea y aquí vamos. Dios mío, ¿pero que orden les dieron?. Bueno Chávez, me contesta el coronel: la orden es que hay que parar la vaina como sea. Y yo le digo: pero mi coronel, usted se imagina lo que puede pasar. Y él me dice: Bueno Chávez, es una orden y no hay nada que hacer. Que sea lo que Dios quiera". Chávez dice que el también iba con mucha fiebre por un ataque de rubéola, y cuando encendió su carro vio a un soldadito que venía corriendo con el casco caído, el fusil guindado y la munición desparramada. "Y entonces me paro y lo llamo", dijo Chávez. "Y el se monta, todo nervioso, sudado, un muchachito de 18 años. Y yo le pregunto: Aja, ¿y para donde vas tú corriendo así?. No, dijo él, es que me dejó el pelotón, y allí va mi teniente en el camión. Lléveme, mi mayor, lléveme. Y yo alcanzo el camión y le pregunto al que los lleva: ¿Para donde van? . Y él me dice: yo no sé nada. Quién va a saber, imagínese". Chávez toma aire y casi grita ahogándose en la angustia de aquella noche terrible: "Tú sabes a los soldados tú los mandas para la calle, asustados, con un fusil y quinientos cartuchos, y se los gastan todos. Barrían las calles a bala, barrían los cerros, los barrios populares. ¡Fue un desastre! Así fue: miles, y entre ellos Felipe Acosta". "Y el instinto me dice que lo mandaron matar", dice Chávez. "Fue el minuto que esperábamos para actuar". Dicho y hecho: desde aquel momento comenzó a fraguarse el golpe que fracasó tres años después. El avión aterrizó en Caracas a las tres de la mañana. Vi por la ventanilla la ciénaga de luces de aquella ciudad inolvidable donde viví tres años cruciales de Venezuela que lo fueron también para mi vida. El presidente se despidió con su abrazo caribe y una invitación implícita: "Nos vemos aquí el 2 de febrero". Mientras se alejaba entre sus escoltas de militares condecorados y amigos de la primera hora, me estremeció la inspiración de que había viajado y conversado a gusto con dos hombres opuestos. Uno a quién la suerte empedernida le ofrecía la oportunidad de salvar a su país. Y el otro, un ilusionista, que podría pasar a la historia como un déspota más.



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