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15/2/1999 . Como lo conoció a Hugo Chavez por Gabriel García Marquez


veces iba en burro a visitar a su abuela materna en Los Rastrojos, un pueblo vecino que les parecía una ciudad porque tenía una plantilla eléctrica con dos horas de luz a prima noche, y una partera que los recibió al y a sus cuatro hermanos. Su madre quería que fuera cura, pero solo llegó a monaguillo y tocaba las campanas con tanta gracia que todo el mundo le conocía por su repique. "Ese que toca es Hugo", decían. Entre los libros de su madre encontró una enciclopedia providencial, cuyo primer capítulo lo sedujo de inmediato: cómo triunfar en la vida. Era en realidad un recetario de opciones, y él las intentó casi todas. Como pintor, asombrado ante las laminas de Miguel Angel y David, se ganó el primer premio a los doce años en una exposición regional. Como músico se hizo indispensable en cumpleaños y serenatas con su maestría del cuatro y su buena voz. Como beisbolista llegó a ser un catcher de primera. La opción militar no estaba en la lista, ni a el se le habría ocurrido por su cuenta, hasta que le contaron que el mejor modo de llegar a las grandes ligas era ingresar en la Academia Militar de Barinas. Debió ser otro milagro del escapulario, porque aquel día empezaba el plan Andres Bello, que permitía a los bachilleres de las escuelas militares ascender hasta el mas alto nivel académico. Estudiaba ciencias políticas, historia y marxismo-leninismo. Se apasionó por el estudio de la vida y la obra de Bolívar, su Leo mayor, cuyas proclamas aprendió de memoria. Pero su primer conflicto consciente con la política real fue la muerte de Allende en septiembre de 1973. Chávez no entendía. "Y por qué si los chilenos eligieron a Allende, ahora los militares chilenos van a darle un golpe?". Poco después el capitán de su compañía le asigno la tarea de vigilar a un hijo de José Vicente Rangel, a quién se creía comunista. "Fíjate las vueltas que da la vida", me dice Chávez con una explosión de risa. "Ahora su papá es canciller". Más irónico aun es que cuando se graduó recibió el sable del presidente que veinte años después trataría de tumbar: Carlos Andrés Pérez. "Además", le dije, "usted estuvo a punto de matarlo"."De ninguna manera", protestó Chávez. "La idea era instalar una asamblea constituyente y volver a los cuarteles". Desde el primer momento me había dado cuenta de que era un narrador natural. Un producto integro de la cultura popular venezolana, que es creativa y alborozada. Tiene un gran sentido del manejo del tiempo y una memoria con algo de sobrenatural, que le permite recitar de memoria poemas de Neruda o Whitman y páginas enteras de Rómulo Gallegos. Desde muy joven, por casualidad, descubrió que su bisabuelo no era un asesino de siete leguas, como le decía su madre, sino un guerrero legendario de los tiempos de Juan Vicente Gómez. Fue tal el entusiasmo de Chávez, que decidió escribir un libro para purificar su memoria. Escudriñó archivos históricos y bibliotecas militares, y recorrió la región de pueblo en pueblo con un morral de historiador para reconstruir los itinerarios del bisabuelo por los testimonios de sus sobrevivientes. Desde entonces, lo incorporó al altar de sus héroes y empezó a llevar el escapulario protector que había sido suyo.

¿PARA QUE ESTOY YO AQUÍ?

Uno de aquellos días atravesó la frontera sin darse cuenta por el puente de Arauca, y un capitán colombiano que le registró el morral encontró motivos materiales para acusarlo de espía: llevaba una cámara fotográfica, una grabadora, papeles secretos, fotos de la región, un mapa militar con gráficos y dos pistolas de reglamento. Los documentos de identidad, como corresponde a un espía, podían ser falsos. La discusión se prolongó por varias horas en una oficina donde el único cuadro era un retrato de Bolívar a caballo."Yo estaba casi rendido -me dijo Chávez- pues cuanto mas le explicaba menos me entendía". Hasta que se le ocurrió la frase salvadora: "Mire mi capitán lo que es la vida: hace apenas un siglo éramos un mismo ejército y éste que nos esta mirand...continua



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