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25/8/1973 . Sobre Raúl Gonzalez Tuñon por Jorge Abelardo Ramos


ión por las revoluciones aumentaba cuanto más lejanas eran y disminuía cuando estallaban en alarmantes lugares próximos. Las masas populares, en las calles del propio país, los petrificaría de despecho. No obedecía a ningún azar la adhesión de esta repugnante especie política al “socialismo en un solo país” proclamado por Stalin en sus verdes tiempos. Esta doctrina serenaba los nervios y permitía la continuación de su vida burguesa en la práctica de la rifa, la colecta o el terno manifiesto. En este género de faena, la división del trabajo entre asesinos y versificadores fue perfecta. Después del asesinato, a Raúl González Tuñón, mediocre cortesano para todo servicio, se le encomendó la sórdida misión de cantar “ad gloriam” de los verdugos. Debía enlodar el cadáver del jefe de la Insurrección de Octubre. González Tuñón, arrodillado desde hacía veinte años en el stalinismo, estaba dispuesto a todo. Los incesantes viajes a Moscú, París o Madrid debían pagarse. Con el corazón alegre el lacayo borroneó algo que no merece caer en el olvido” (aquí transcribo su inmortal página) y concluyo:
“Encubridor y cómplice, González Tuñón poseía en alto grado la ‘tendencia al lodo’que Freud había observado con su ojo certero en ciertos seres. No crea el lector que esta página absolutamente típica había nacido de una sola mano. En estas palabras del poeta eunuco se retrataba una generación y una época” (2)
Ahora en “Cuestionario”, el versificador se atreve a recordar el episodio. Agrega que su heroico ataque a Trotsky obedecía a que “conocía” sus artículos en revistas de Austria, Holanda y Copenhague. González Tuñón desconoce la lengua alemana, la holandesa y la danesa. También inspira dudas sus relaciones con la lengua castellana, si hemos de juzgarlo por la calidad de los productos verbales que expende. Mucho menos ha conocido nada de lo escrito por Trotsky. Miente, lo que en un stalinista veterano es ya una primera naturaleza, del mismo modo que su fábula sobre el suicidio de Maiakovsky no puede creerla ya ni siquiera un lector de “Nuestra Palabra”. Bastará leer “Literatura y Revolución” de Trotsky para advertir la agudeza de su juicio sobre los grandes poetas revolucionarios que como Maiakovsky, Essenin y Alejandro block, se mataron o enmudecieron en el crepúsculo stalinista. Parece que Tuñón no deseaba que asesinaran a Trotsky “con un pico de hielo”. Lo hicieron con un zapapicos de montaña. Es de esperar que esta rectificación tranquilice sus escrúpulos por completo.
Tampoco parece henchido de alegría por mis artículos publicados en el diario “Democracia” durante el gobierno de Perón. Lo califica de “cosas lamentables” y aventura la sagaz hipótesis de que por esa razón, yo los firmaba con seudónimo. Sin embargo, el editor Peña Lillo editó dichos artículos en 1959 con el título de “De Octubre a Setiembre” y con el verdadero nombre de su autor, que podía firmarlos de ambos modos.
El lector que dude sobre su contenido, podrá leerlos pues el mismo editor prepara una segunda edición que pronto estará en las librerías.
El triste versificador objeta calumniosamente mi defensa del compañero Simón Gómez, que realicé ante el Tribunal de la Cámara del Terror el año pasado. En la sala había público y muchos detenidos, asimismo, pudieron escuchar mi exposición, que duró 25 minutos. Defendí el pensamiento marxista, su raigambre profunda en América Latina y su originalidad creadora, así como deslindé el ancho terreno que lo separa del seudo marxismo que defiende el partido comunista, aunque subrayé ante la Cámara que no era ese el lugar más apropiado para hacer la crítica a ese partido. La resolución de dicha Cámara, al absolver al procesado se fundó en que no podía ser incluido en las disposiciones previstas en la ley.
No me habría ocupado del señor Tuñón si no hubiera regresado del campo de los muertos a tañer su desmedrada lira. Ingrata como es, esta puntualización reviste cierto valor. Por ella, la nueva generación conocerá una época a la que ...continua



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