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11/5/1958 . A Jorge Abelardo Ramos por Máximo Etchecopar


Sr. José Abelardo Ramos- Vicente López.

Estimado Ramos:


Prueba del interés con que he leído su carta recibida ayer es está mi respuesta veloz. Le agradezco lo que allí me dice del “cuaderno” que le hice llegar por Muñoz Azpiri. Yo también conozco sus escritos de tiempo atrás y debo decirle que su lectura me ha sido a la par satisfactoria y provechosa. Su obra da fe de la fecundidad intelectual del grupo a que pertenezco.
Se por cierto que su cultura se nutre de temas y preocupaciones que no son ya los míos y acaso nuestras divergencias provengan principalmente de esas diversas fuentes nutricias. En mi el tema y la preocupación nacional tienen un origen estrictamente empírico, fáctico o, si Vd. acepta la expresión, un origen “espiritual”. Vea en qué sentido lo digo: cuando hacia 1930- entre 1930 y 1936- me vinculé a un grupo de artistas y escritores católicos, lo que involuntariamente me llevaba a acercarme a ellos era una necesidad o carencia de índole interior. En mi – y al decir en mí digo también en muchos otros jóvenes de la misma época y edad- la vida argentina se había vuelto irrespirable a fuerza de vacío, superficialidad y frivolidad. Nos parecía que de no hacer nosotros un enérgico esfuerzo interior hacia lo dentro de nosotros mismos nuestras vidas habrían de malograrse indefectiblemente. Desde esa situación a la vez personal y pública, recuperamos el catolicismo rutinario de nuestro ambiente y familias y nos lanzamos en la increíble aventura, de vivir integralmente la fe. Fué ese primer paso, el paso decisivo en nosotros. La preocupación nacional, la preocupación por la cultura, datan de allí y arraigan en ese suelo concreto y firme. Reconocerá Vd. que, como no se trata- profanamente- del marxismo, en ese planteo más absoluto, vivo y tajante que cabe darse. Y ésta de más decirlo, en tal enfoque, el tema social y el político no son primeros sino, por el contrario, son consecuencias de aquella posición que a nuestro sentir más hondo y verdadero los precede y fundamenta.
Me permito decirle o referirle estas cosas porque en lo que a mí respecta al menos no me siento cómodo dentro del calificativo “nacionalista” sino hecho las procedentes salvedades. Ahí están mis escritos- mis modestos escritos- en los cuales no creo halla una línea que desmienta ese origen primero de mis ideas a que he aludido.
Desde otro punto de vista- este ya no mío personal, sino de los hechos mismos- creo como Vd. que el nacionalismo ha dejado ya de pertenecer en propiedad a quienes fueron aquí los primeros en propagarlo y que hoy es un bien común de la conciencia colectiva argentina. Y esto, pienso, es no sólo un bien común sino, a secas, un bien. Cuando menos ideológico se muestre el nacionalismo, cuanto más lo veamos como realidad viva y vivida por todos, mayor será su bien hecho influjo. Yo encuentro que la prédica nacionalista adolece- como toda prédica ideológica- de mucha hojarasca inútil, de cierto tipo de simplismo o simplificación intelectual que nada tiene que ver con la realidad ni con la inteligencia. Enhorabuena que lo que en ella halla de vivo y fecundo sirva a nutrir cabezas y almas nuevas y numerosas, numerosas sobre todo. No existe aire más irrespirable que el de los pequeños grupos cerrados e intransigentes. Son masonerías al revés.

Por algo que me dice en su carta- y a pesar de sus reparos- veo que Vd. ha advertido en mi “Cuaderno” un intento de llevar al debate nacional a un terreno más libre y al propio tiempo más real, más efectivo. Un terreno en el que podamos llegar a acuerdos hombres de distinta procedencia ideológica a quienes une tan sólo- y ya es mucho- el fervor argentino.

Quisiera decirle que su libro “R. y C. en la República Argentina” no fue comentado en “A. y R.” por razones meramente azarosas o circunstanciales. Yo, por lo pronto, siento no haberlo hecho. Su libro merecía eso y mucho más. Me acuerdo que por esas fechas publiqué una nota sobre el trabajo de H. Arregui.
Agradeciéndole nuevamente su carta, lo saluda amistosame...continua



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