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1/8/1973 . Rasputinismo y pequeña burguesía por Jorge Abelardo Ramos

ia en el gobierno a la voluntad de Perón. Nunca la burguesía ha ejercido en nuestro país un poder directo. Únicamente ha encontrado oportunidad para enriquecerse mediante los gobiernos nacionales, en particular durante el régimen peronista. De ahí que la insignificancia política de la burguesía sea completa, tanto ayer cuanto aborrecía al peronismo, como hay, cuando parece haber caído en sus brazos sollozando de amor. Como la estupidez infatuada y el charlatanismo seudo revolucionario han devastado (con la ayuda del stalinismo) la tradición marxista, recordaremos el pensamiento de Engels: “Veo cada vez más claramente que el burgués no se siente dispuesto a tomar el control efectivo; por lo tanto, la forma normal de gobierno es el bonapartismo, a no ser que, como en Inglaterra, una oligarquía pueda tomar a su cargo la tarea de guiar al Estado y la sociedad con arreglo a los intereses burgueses, a cambio de una rica recompensa. Una semi-dictadura, según el modelo bonapartista, conserva los principales intereses de la burguesía, aún en oposición a la burguesía misma, pero no le deja ninguna participación en el control de los asuntos. Por otra parte, la dictadura se ve obligada, en contra de su voluntad, a adoptar los intereses materiales de la burguesía” (2)

Desde su llegada el 20 de junio, todos los discursos de Perón se han dirigido a subrayar tajantemente su total hostilidad a toda concomitancia con la perspectiva socialista, con la “patria socialista” y con las variantes múltiples del famoso “socialismo nacional”. De este modo, Perón imparte a los jóvenes que deseen seguirlo a partir de ahora, otra clase de “conducción”: y es que una cosa es estar en la oposición y alimentar las esperanzas de todos los flancos, incluso del flanco izquierdo, y otra muy distinta es estar en el poder. Una vez llegado a ese alto lugar, pueden dejarse a un lado las frases de “izquierda”, lo mismo que a aquellos que las sostienen. Asimismo, Perón arrojó sobre los hombros de la juventud peronista la responsabilidad de la masacre de Ezeiza, de la que fue víctima la misma juventud peronista, y exculpó a la banda de Osinde, que practicó dicha masacre escudada en la designación que Perón le había otorgado para custodiar el famoso palco de la inútil espera. En materia de realismo político, Perón no debe haber dejado insatisfecho a ningún viejo peronista. En cuanto a los jóvenes y recientes peronistas, los ha reducido a polvo: ¿Sabrá el jefe justicialista que ha aplastado muy rápidamente al primer apoyo proveniente de clases que si otrora le fueron hostiles, poco podrá esperar ahora de ellas, pues las ha herido no como adversario, sino como jefe? El camino del socialismo no puede hacerse al margen de estas experiencias profundas y vitales. Las “formaciones especiales” que hoy reciben este premio de aquel que las bautizó, también encontrarán razones para meditar en esta “derrota en la victoria”.



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