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16/3/1952 . Weidlé o la nostalgia de un mundo perdido por Pablo Carvallo

que Spengler enjuiciara la agonía del mundo occidental con su estilo de cruzado, Herman Broch escribía “Los sonámbulos” y Thomas Mann despedía con su obra maciza la literatura clásica alemana. A la manera de una catástrofe diluvial los artistas perdieron sus viejos mitos, el realismo se transformó en surrealismo, el romanticismo tardío de algunos derivó hacia el ilimitado colapso del delirio puro. El siglo XX asistió a una verdadera desintegración de los valores estéticos heredados.

El arte ha sufrido ya todas las aventuras posibles y ha hecho tabla rasa del pasado: tiene ante sí lo desconocido absoluto o la reinvención de los gestos y formas primitivos. La filosofía se vuelve hacia un irracionalismo medieval, semimístico y semivital, pero desvitalizado, una sublime fuga hacia el infinito frente a un mundo que ya no necesita ser pensado sino reconstruido. Wladimir Weidlé, por su parte, aludiendo al destino actual de la novela, ha llamado a nuestra época “el crepúsculo de los mundos imaginarios”, definiendo a los personajes de la novelística documental como “héroes mecánicos”. Como todos los críticos que aíslan el proceso estético del universo exterior y de las implicaciones históricosociales que subyacen en la obra de arte, Weindlé ha caído en el error de declarar agotadas las fuentes creadoras en sí mismas, repitiendo en otra esfera la estrechez de Spengler, que suponía concluido al mundo en vez de circunscribir esa ruina a la agonía del capitalismo con toda su constelación de valores.

El estallido del lejano y torturado Yo, la rebelión o la capitulación de la personalidad sujeta en los moldes de una sociedad en quiebra, la esperanza del siglo XIX transformada en la desesperación del siglo XX, la inmersión de la conciencia en los laberintos de sus propios límites, la enajenación de lo racional en la evasión de un psiquismo sin destino, tales son los síntomas de las letras y las artes contemporáneas. No existe en el vocabulario más palabra que crisis para designar esta situación, esencialmente atribuible a la disolución de la civilización capitalista considerada como un todo. Fenómenos correlativos son el amor a la muerte, el rechazo de toda visión real del mundo, la subversión de los valores clásicos, por una oscura noche de la que el artista no desea salir, la búsqueda frenética de verdades trascendentes para ahogar en la anonadación la furiosa realidad del mundo actual, que aniquila al artista como el paisaje lunar al oxígeno.

Toda la obra de Weindlé es una rapsodia nostálgica. Alude a un mundo definitivamente hundido en el pasado, pero no podrá esperarse ninguna resurrección del arte ajena a un nuevo ordenamiento de la sociedad humana. Ni la literatura soviética actual, fundada en un “ruso básico”, despojado de carne y de sangre y sometido al látigo de la burocracia; ni las letras norteamericanas, emergidas de un “inglés básico” que considera nuevo el realismo naturalista que ya era viejo en Francia en los tiempos de Zola, pueden ofrecer a nuestros ojos los fundamentos de una vigorosa literatura digna del gran caos de nuestra época. Sobrepasada la crisis, el conjunto de las creaciones estéticas de estos años aparecerá como un formidable ejercicio técnico de un periodo de transición, dirigido a sentar las bases de un arte para todos los hombres. La literatura actual no será, pues, solamente el post scriptum de un planeta muerto, sino la amarga anunciación de un nuevo mundo.


Publicado originamente en La Prensa, suplemento cultural, domingo 16 de marzo de 1952) Responsable del hallazgo: Juan Carlos Jara
Responsable de su digitalización: Juan Carlos Jara
Responsable de su publicación original en Internet: Cuaderno de la Izquierda Nacional.


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