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5/4/1952 . El hombre y la máquina y Ernesto Sábato por Pablo Carvallo

en su fase práctica, a invalidar los progresos de la técnica y a definirla como un monstruo con espíritu propio. Resulta evidente que el desarrollo científico de nuestro tiempo ha dejado muy atrás el asombro cuantitativo de nuestros abuelos frente a la invención del cable submarino. En la época de Julio Verne el viaje a la Luna era motivo de una novela, en nuestros días es asunto de un laboratorio con fondos votados por algún Parlamento. Ante esto, y la guerra bacteriológica y las armas atómicas, se puede llorar o reír, pero Spinoza aconsejaba comprender. La edad de la máquina no ha sido el resultado de un espíritu maligno insinuado en el alma de los hombres, sino el producto de una lenta evolución de las formas productivas que han elevado el poder del hombre sobre la naturaleza, sin que ese proceso técnico suprimiera, por supuesto, la explotación del hombre por el hombre.
En un libro reciente escrito por el argentino Ernesto Sábato (“Hombres y engranajes”) se expresa ingeniosamente la melancólica tesis de que la ciencia y la técnica son fenómenos que deben ser considerados en sí mismos y cuyas demoníacas proporciones actuales son “como concreciones metálicas de objetos ideales, eternos y sobrehumanos, realizaciones en acero de ideas pertenecientes al universo matemático”. Sábato se pregunta si, después de todo, lo peor no sea el capitalismo sino el maquinismo. Esta disociación, realmente singular, permite al autor imbuir a su análisis de la vaguedad necesaria. Su crítica de la máquina es puramente romántica, pero la ansiedad metafísica comparte su lugar con un panorama descriptivo esencialmente justo. Como Sábato se burla de las leyes históricas objetivas, no está en condiciones de extraer las consecuencias inmediatas y futuras de esas leyes. Su enérgica condenación de la civilización actual es absolutamente correcta, aunque el autor se manifieste incapaz de penetrar el sentido objetivo del proceso técnico: asimilar el marxismo con el stalinismo, descomponer el capitalismo en la entelequia maquinista, fundir la historia con la catástrofe… son otros tantos excesos atribuibles a esa postración de los intelectuales modernos a que nos hemos referido.
La historia no es una suma de catástrofes, como Berdiaeff- Sábato suponen: es una tensión dramática entre diversos regímenes sociales en pugna, entre formas estéticas hostiles o crisis religiosas. No hubo un Renacimiento. Hubo varios y muchos crepúsculos acompañaron como una sombra a esas cimas del orgullo y el poder humanos. El aparente predominio de la máquina sobre el hombre no es otra cosa que la preeminencia del capital financiero sobre el mundo. La sociedad actual cruje en sus cimientos. De las ruinas escapan quejidos, voces de agonía o triunfo, lamentaciones divisas, nuevas formas en el seno del viejo ciclo. Lo que es deja el lugar a aquello que va siendo. No ha sido el triunfo de la Razón el factor de la deshumanización del hombre o de los hombres sino la descomposición del capitalismo, en cuyo incendio muere también el mito racionalista envuelto en la mortaja de su propio estatismo. La ciencia no es una instancia externa a los hombres, ¿debemos demostrar acaso la total subordinación de los científicos a los dictados de la política? Estigmatizar la ciencia es idealizar el regreso a la naturaleza, a la rueca y a la rueda. Pero si la naturaleza es incómoda, según Wilde, la inocencia virgiliana de Rousseau ya era pueril hace dos siglos. Todas las tentativas para responsabilizar a la ciencia y a la Razón del caos actual del mundo conducirá, sin lugar a dudas, a paraísos artificiales rodeados de nubes sin impurezas. El escenario está aquí. El debate entre Sartre y Berdiaeff presente en el espíritu de Sábato y en el de casi todos los intelectuales de esta época, es un debate equívoco, el anverso y reverso de una misma desesperación con doble seudónimo. La máquina volverá a los hombres liberados y los servirá. La prehistoria habrá concluido.

La Prensa, 11 de mayo de 1952. Res...continua



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