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2/4/1952 . El extraño sobrino de Chateaubriand  por Pablo Carvallo

n completa su visión: una fiebre victoriosa e irresistible ciega la vida de los hombres, las grandes ciudades se truecan en cementerios, la civilización se detiene y los escasos sobrevivientes ambulan como sonámbulos entre los edificios vacíos. Lentamente, la especie se recrea y el mundo recomienza su periplo histórico, en una escala técnica más baja. Jack London escribía su obra en 1907, después de la muerte de Verne y sin las ilusiones del siglo XIX.

La obra de Julio Verne es más templada. Su época estaba devorada por la pasión geográfica y este hijo de escribano vuelca en sus novelas las aventuras reprimidas de su juventud, escala las montañas más altas y desciende a los más hondos abismos del planeta, indaga las intimidades geológicas y embriaga los sueños de una sociedad profundamente empírica, que habrá de utilizarlos en su provecho. Verne anticipa el opio del cine y su triunfo coincide con la expansión mundial del cable submarino y del apetito de “noticias”, con la transformación del periodismo político de “élite” en periodismo comercial de masas, metamorfosis operada, entre otros factores, por el nacimiento subyugante del folletín.

“Le Temps” trasmite diariamente al mundo las ultimas cotizaciones de bolsa y el capítulo correspondiente de “La vuelta al mundo en 80 días”, mientras la multitud exaltada reunida ante el domicilio de Ponson Du Terrail exige a gritos la resurrección de Rocambole, asesinado por el folletín del día anterior.

La revolución romántica y los telares mecánicos, la guerra de Crimea y el chaleco rojo de Gautier, el cartismo británico y los pantalones de George Sand, las utopías solares de Saint-Simon y el fusil de repetición, la colonización del África y el descubrimiento de la fotografía –epopeya del dinero, de la sangre y de la literatura-, todo el mundo hirviente del capitalismo triunfante debía encontrar en Julio Verne su más alto soñador. El equívoco de su celebridad debía alimentarse más de un siglo: fue leído por los niños este escritor de los hombres.

Sus novelas remontaron la realidad humana y social de su tiempo, rarificaron la miseria y el drama de las criaturas de carne y hueso para inventar el helicóptero y el submarino, la lámpara de gas y la bomba de aire líquido, la utilización de la energía térmica del mar, el micrófono y el altoparlante, el carro de asalto, los rascacielos, la publicidad por proyección luminosa sobre las nubes, la astronáutica, el bombardero teleguiado. Julio Verne concibió el arrojo humano y la ciencia como instrumentos del dominio sobre la naturaleza, desechando toda investigación sobre las leyes motrices de este proceso en apariencia tan idílico.

El mundo que Verne soñó e hizo soñar está realizado. Esto implica el comienzo de la vejez y la gloria del escritor. Pero de aquellas gentes ilusionadas con el viaje a la Luna a este mundo actual presidido por Marte, hay un foso más profundo que el recorrido en “Un viaje al centro de la Tierra”. Las faunas que Verne descubrió en sus viajes ilusorios, sentado en su silla de Amiens, pueden contemplarse hoy en los “acuariums”. Ya no hay sueño ni ensueño en la técnica terrestre, sino pura pesadilla diurna. Julio Verne está lejos, hundido en el museo imaginario de otro siglo. Escribiría hoy novelas negras aquel que una vez dijo: “Todo lo que se ha hecho de grande en el mundo, fue hecho en nombre de esperanzas exageradas”. Pero ése fue su sueño más real.

Publicado originamente en La Prensa, suplemento cultural, 2 de abril de 1952. Responsable del hallazgo: Juan Carlos Jara Responsable de su digitalización: Juan Carlos Jara. Responsable de su publicación original en Internet: Cuaderno de la Izquierda Nacional.


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