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2/8/1986 . Las relaciones de la Iglesia Católica y el Estado por Jorge Abelardo Ramos

l trote por los peronistas liberales, que con legión y por raleados demócratas cristianos, porco cristianos y dudosos demócratas, aunque alfonsinistas devotos. Cabe imaginar qué diría Irigoyen de sus herederos y Perón de los suyos.

Pero lo que resulta digna de ser señalada es la actitud de la “gran prensa”, cuya unción en otra época arrancaba lágrimas. Eran los tiempos en que el régimen oligárquico, la Iglesia y la “prensa seria” discurrían armoniosamente en el “status quo”. Después de Juan XXIII y de Pablo VI, después de Medellín y de Puebla, cuando la Iglesia descubre América por segunda vez y admite que la liberación del Nuevo Mundo recae en las manos del gran pueblo latinoamericano, la oligarquía tanto como la gran prensa se distancian de la cristiandad. La miran con sospecha, como los coroneles-terratenientes a los Obispos del Brasil. Y es justamente ahora que el Sr. Alfonsín y sus jóvenes ligeros de lengua, ebrios de poder, someten a la Iglesia a burla universal.

Es que el Estado Nacional aguarda su nacionalización. Así como destrata a las Fuerzas Armadas, a las que simula atribuir la responsabilidad común de los excesos en la represión, del mismo modo que condena a los Comandantes que ocuparon las Malvinas y absuelve al General que las rindió, así como trata a la Señora Thatcher con la punta de una pluma, el régimen gobernante dedica a la Iglesia una hostilidad infatigable.

Cabe preguntarse ante estos políticos profesionales la cantidad de cordura que inspira tales actos. Por si nada faltara, el odio indisimulado del gobierno hacia los obreros y sus organizaciones completa la constelación de sus adversarios. En un mundo tormentoso y con un pueblo atormentado en su torno, el gobierno mal lleva sus relaciones con la Iglesia. Enfrentarse a la vez con los obreros, la Iglesia y las Fuerzas Armadas parece demasiado, aún para la frivolidad e incompetencia del gobierno y su fecunda producción de golpes de efecto. Cree saber la orientación exacta de la brisa. Por esa ilusión, supone más valiosa para su perduración en el poder la palabra de un banquero norteamericano que la palabra del Sermón de la Montaña. Es un error, que anotamos con piedad.

Revista Politicón


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