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El extraño sobrino de Chateaubriand por Pablo Carvallo \\\ Art�culos \\\ Jorge Abelardo Ramos

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2/4/1952 . El extraño sobrino de Chateaubriand  por Pablo Carvallo



lguien lo llamó “el estúpido siglo XIX”. Se trataba de una exageración polémica nutrida de un explicable despecho feudal. Ese siglo resume la adolescencia de la modernidad y como toda adolescencia encierra ímpetu creador, tensión entre lo trágico y lo cómico, fantasía y asombro, bastante salud y un poco de ridículo. El progreso técnico estimuló las invenciones y la imaginación de los científicos se sobrepasó a si misma. El mundo necesitaba ser conquistado hacia abajo y hacia arriba, a lo ancho y a lo largo. Era un territorio excitante para la audacia.

Si el descubrimiento de América había sido el resultado de una equivocación memorable, las empresas del siglo XIX estaban ya sometidas a un plan de expansión meditada, nacidas de un exigente mercado mundial en desarrollo. El mil ochocientos concluye con las aventuras puramente militares. Los hombres de negocios toman la palabra y el planeta es su escena. Mientras algunos poetas se vuelven a su paraíso subjetivo, otros vaticinan los descubrimientos técnicos y se alimentan de las grandezas materiales en presencia para realizar su destino artístico. La última nación que conoce una revolución industrial provoca la aparición de Walt Whitman; el “Canto a la locomotora” será el más prescindible de sus poemas, pero el mejor documento para situar el espíritu de los “pioneers” del capitalismo norteamericano en 1860.

Si Europa es la dueña del siglo XIX, corresponde a Inglaterra el dominio de los mares y a Francia la primogenitura política y literaria del Viejo Mundo: Hugo inaugura la disección artística de una sociedad. A Julio Verne le toca fundar la novela o folletín científico. Suyo es el vasto dominio de la fantasía técnica y en tal carácter aparece medio siglo después de su muerte como el profeta del siglo XX.

Desechado de las historias literarias, confinado a la voracidad infantil, Verne continúa sin embargo siendo el autor más leído de Francia en el mundo. Esta difusión se justifica no sólo por el hecho de que los triunfos científicos de nuestra época han transformado al hombre en un maligno semidiós, sino sobre todo porque Julio Verne (su estilo, su bonhomía, sus ilusiones) se diferencian netamente de las “novelas científicas” actuales de Estados Unidos, poseídas de un violento espíritu de exterminio. En unas y en otras se aprecia el abismo que separa dos épocas del mundo.

Por ascendencia materna era sobrino de Chateaubriand, que obviamente no ejerció ninguna influencia en Verne; su padre era escribano, hombre de leyes en quien sobrevivía el hábito estricto de los gremios antiguos. Sus descendientes son más notables: los críticos han encontrado las visiones de Rimbaud y de su “Barco ebrio” en algunas paginas fosforescentes de “Veinte mil leguas submarinas” (científicos recientes han comprobado que en las películas registradas en la profundidad oceánica la fauna y la flora coinciden con la descripción de Verne), Georges Claude ha confesado que encontró el principio de la utilización de la energía térmica de los mares en una frase del capitán Nemo; Charcot, en fin, declara: “Es el capitán Hatteras quien me ha revelado mi vocación”.

En esta extraña relación entre el mito literario y los productos técnicos debe verse una confirmación de la influencia de la realidad histórica sobre las letras. En Thomas Moro o en Campanella las visiones utópicas no poseen este carácter práctico. Aluden solamente a un nuevo tipo de sociedad, armonizada por obra de la conciencia y la voluntad. Pero sus obras no despliegan una anticipación del proceso científico; son poetas pero no profetas. En Julio Verne encontramos, por el contrario, una profecía exenta de poesía. Es el augur de la máquina. Jack London, en su “Talón de Hierro”, examina de un modo inverso el futuro. El capital financiero apropiado de las conquistas técnicas de la sociedad, eleva su poder despótico sobre el mundo mecanizado y conduce, según London, a un estancamiento ilimitado de la vida humana. En “La peste escarlata” Londo...continua



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